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sábado, 19 de septiembre de 2009

Aunque no le convenga a Chávez, debemos honrar a la Legión Británica


No es secreto que la propaganda estatal con la cual Hugo Chávez consolida y justifica su revolución involucra la burda manipulación de la historia, y en particular la historia del Libertador. En la versión tergiversada de nuestro pasado común que presenta el chavismo, el Bolívar histórico, liberal clásico y admirador de las ideas de Montesquieu y Adam Smith, pasa a ser el símbolo de una ideología colectivista y radicalmente egalitaria que era enteramente ajena a su modo de pensar.

Uno de los aspectos de la vida y obra del Libertador que resulta inconveniente para Chávez y su perenne, fatigante grito de antiimperialismo yanqui-europeo es el crucial papel que, en su lucha conra la corona española, jugaron tropas británicas, ciudadanos del imperio más poderoso del mundo en el siglo XIX. Aunque Bolívar mismo, al entrar triunfante a Bogotá tras la Batalla de Boyacá, haya extendido laureles a los soldados británicos del Batallón Rifles, proclamando que “esos libertadores (son los que los) merecen,” la versión chavista de la historia convenientemente ignora la existencia de este regimento y de su gloriosa actuación en el campo de batalla.

Sin embargo, al recordar la lucha por nuestra independencia, tenemos el deber de honrar a estos héroes y su sacrificio por las nascientes patrias neogranadinas.

Tras la derrota final de Napoleón Bonaparte en 1815, Inglaterra, al igual que las otras potencias europeas, se vio incapaz de mantener los enormes ejércitos necesarios para derrotar al Emperador. Por lo tanto, el gobierno de Westminster ordenó una desmovilización masiva que, según el Times de Londres, obligó a la población británica a acomodar a 500.000 mil soldados que, en 1817, regresaban del continente. Muchos de éstos eran oficiales de carrera y soldados razos que solo conocían la profesión marcial. Por lo tanto, enfrentaban un futuro incierto, como escribe Ian Fletcher.

Bajo estas circunstancias, 250 hombres parten hacia Suramérica y se unen a los ejércitos del Libertador. En marzo de 1817, Bolívar pone al General Jaime Rooke a la cabeza de estas tropas, la Legión Británica.

Dos meses después, Bolívar ordena a Luis López Mendez, simpatizante criollo, a lanzar una campaña de reclutamiento desde Londres. Probablemente con el apoyo tácito del gobierno británico y del jefe supremo de las fuerzas armadas, el Duque de Wellington, López Mendez logra crear cinco regimentos de oficiales y suboficiales, 857 en total, que en el mismo año de 1817 parten como voluntarios hacia Venezuela pese a vociferantes protestas de diplomáticos españoles.

Dada la alta calidad de estos guerreros, muchos de ellos veteranos de las legendarias batallas napoleónicas, Bolívar envía al Coronel James Tower English de regreso a Inglaterra para que enliste aún más hombres a la causa criolla. English logra formar una segunda Legión Británica compuesta por más de 1.000 hombres, a los cuales se unen 900 soldados, incluyendo 150 alemanes hannoverianos veteranos de Waterloo, reclutados por George Elsom, y 1.700 hombres reclutados en Irlanda por Juan D’Evereux, a quien Bolívar le otorga el rango de General de su Legión Irlandesa.

Estos mercenarios británicos desempeñan un papel de suma importancia en las batallas del Pantano de Vargas y de Boyacá, pero especialmente en Carabobo, donde 130 de las 200 víctimas criollas fueron hombres de la Legión Británica. Esto motivó a Bolívar a aclamarlos “salvadores de (su) patria.”

El irlandés Daniel O’ Leary, edecán de Bolívar, con sus memorias deja a la posteridad la fuente más importantes de las campañas del Libertador. El General Jaime Rooke, abatido en el Pantano de Vargas, proclama antes de morir, alzando su brazo recién amputado, que “viva la patria” que lo entierre.

Tras la expulsión final de los españoles, muchos de estos hombres deciden permanecer en La Nueva Granada, y durante sus vidas contribuyen a la formación de la patria independiente. Un ejemplo es el del Coronel escocés Santiago Fraser, edecán del General D’Evereux, quien luego contrae matrimonio con una sobrina de Santander y ayuda a fundar la Iglesia Presbiteriana de Colombia.

Años después de su última victoria marcial, Bolívar dijo que López Mendez, al reclutar las primeras tropas británicas para los ejércitos criollos, fue “el verdadero libertador de América.” La actuación de los héroes de la Legión Británica en la fundación de las repúblicas neogranadinas confirma la tesis que el Imperio Británico forjó el mundo moderno a su semejanza. Que el chavismo ignore estos hechos es un atentado contra la verdad histórica.

Daniel Raisbeck

Mientras Duermen


Barack Obama puede ser un presidente fantástico en cuanto a la política interna de EEU, pero su política exterior, impulsada por una visión del mundo excesivamente benévola, es preocupante para aquellos países democráticos que, aunque no poderosos, son aliados tradicionales de EEU y de occidente y a la vez buscan protegerse de tiranías expansionistas.

Esta semana, Obama ordenó retirar el sistema antimisiles que, instalado en Polonia y en la República Checa, defendería a Europa y a EEU de proyectiles lanzados desde Irán o desde Rusia. Aunque Obama defendió su decisión al decir que implementará un plan para interceptar misiles con una tecnología “más fuerte, más inteligente y más ágil,” el hecho es que el acto constituye una señal desalentadora no solo para los polacos y los checos, sino también para los países bálticos y el resto de las democracias que antiguamente fueron subyugadas por la Unión Soviética. Estas repúblicas de nuevo se sienten amenazadas por las posturas agresivas de una Rusia que, bajo el mando de facto o de iure de Putin, es poco menos autocrática que durante el curso del siglo XX.

El diario madrileño El País califica el evento como una “victoria diplomática rusa,” mientras el Times de Londres declara que, para Putin, la lección es clara: “la intransigencia paga dividendos porque EEU y la Unión Europea carecen de la voluntad para medírsele a Moscú.”

¿Cómo concierne esto a Colombia? En primer lugar, muestra una continuación de la alarmante tendencia que, al no aprobar el TLC el año pasado, demostró el Partido Democráta de EEU a darle la espalda a aliados democráticos en regiones de alta tensión. Por razones puramente ideológicas- en un caso oponerse a la política de Bush de apoyo incondicional a Colombia, en el otro a la insistencia del ex Presidente de instalar el escudo anti-misiles en Europa oriental- los Demócratas corren el riesgo de dejar a varios gobiernos aliados y democráticos a la merced de regímenes autócratas, represivos, militaristas y antiamericanos.

El solitario atrincheramiento de Colombia en un vecindario predominantemente hostil fue expuesto a plena luz durante las últimas cumbres de UNASUR. Dado este escenario, resulta escalofriante el abandono de Obama a los países de Europa oriental. ¿Qué podrá esperar Colombia el día que Hugo Chávez, para quien el país vecino es la única pieza que le falta para completar su rompecabezas bolivariano, decida que los “vientos de guerra” que soplan por Suramérica justifican una agresión bélica, tal como la de Rusia frente a Georgia en 2008?

Se dirá que las amenazas de Chávez a Colombia solo constituyen un intento por distraer al pueblo venezolano de los muchos fracasos de su revolución, y que el coronel consigue poner a sus secuaces en el poder por medio de las urnas, más no de las armas.

Sin embargo, Chávez probablemente no logrará que un súbdito suyo llegue al Palacio de Nariño por la vía democrática, ni que sus aliados de las Farc tomen el poder, al menos no por muchos años. Habiendo fracasado en esto, ¿por qué no ha de lanzar una aventura militar contra Colombia? Su capacidad agresiva es cada vez mayor y su armamento es cada día más sofisticado que el nuestro, mientras que no solo la administración Obama, sino la OEA, la ONU y otros órganos responsables dan la vista gorda a su militarismo, a sus alianzas poco salubres y a sus medidas dictatoriales. Dado que su aliado Putin puede intrometerse en Europa oriental como apetezca, política o militarmente, ¿por qué Chávez ha de pensar que no puede hacer lo mismo en Suramérica?

¿Acaso es imposible que Chávez pasara a agredirnos militarmente porque somos aliados de EEU, que ahora tiene acceso a algunas de nuestras bases, o porque la ONU y la comunidad internacional no lo permitirían? Algo parecido esperaban los checos y los polacos durante la década de los 30’s, antes de que fueran apabullados primero por la ola Nazi, y luego cayeran bajo la opresiva sombra del comunismo soviético.

Según Clausewitz, la guerra es la extensión de la política por otros medios. La invasión de Colombia sería la extension natural de la Revolución Bolivariana. Como Chávez mismo dijo, su movimiento “nació en los cuarteles. Ese es un componente que no podemos olvidar nunca, nació allí y las raíces se mantienen allí.” Según esta mentalidad, un triunfo militar solo demostraría la supremacia de su movimiento politico, diseñado para reemplazar la democracia liberal, aquel sistema que según Chávez “no sirve” y “pasó su tiempo”. Mientras las potencias democráticas duerman y las instituciones multilaterales sean inútiles, solo nos podemos defender nosotros mismos.

Daniel Raisbeck

lunes, 14 de septiembre de 2009

Hubris Presidencial


En la obra de Sófocles, el hubris, el exceso de orgullo que conduce al ruinoso desafío de los dioses, es un tema constante. Una ciudad (polis) se encuentra en peligro, azotada por una plaga asesina, por ejemplo, o asediada por un poderoso enemigo. Los ciudadanos se encuentran indefensos ante la amenaza, y su perdición se avecina. De las sombras surge un héroe, un gran hombre favorecido por los dioses que es capaz de interponer su voluntad ante el destino y salvar a su patria de la inminente perdición. Sus compatriotas, agradecidos, reconocen su astronómico mérito y sus extraordinarios talentos, y le ceden el derecho de gobernar sobre ellos.

El héroe toma el poder en sus manos y dirige los asuntos de estado con una habilidad excepcional. A la medida que la ciudad prospera, los súbditos le rinden a su gran líder una serie de honores. Poco a poco, el héroe va adquiriendo un rango que se aproxima más al de los mismos dioses que al del resto de los mortales. Esto, sin embargo, no lo toleran los seres divinos.

De nuevo surge un gran peligro y la ciudad se encuentra una vez más amenazada. De nuevo toma el líder fuertes medidas, pero esta vez resultan ineficaces. Algunos ciudadanos caen en cuenta de la insensatez del gran líder. Inclusive, algún sabio le hace saber cómo se equivoca y le sugiere que tome un mejor camino. El héroe, cegado por el hubris, considera que sus críticos están bajo la nómina de sus enemigos y que su propio criterio es infalible. Aislado, pero todavía con un dominio total sobre los ciudadanos, insiste en implementar sus desastrosos dictados.

Los dioses, sin embargo administran su justicia sagrada por medio del némesis, la retribución inescapable. Un desastre cae sobre el héroe. Este, convertido en tirano, se desploma, cayendo en cuenta que él mismo es un cáncer para su ciudad y para su propia familia. Para prevenir la destrucción de su patria, deja el poder y entra en el exilio, aquella condición tan detestada por los griegos, para quienes el hombre sin patria era solo un dios o una bestia.

Sería estrictamente académica esta discusión de la tragedia griega si no reflejara tan fielmente la situación política actual en Colombia. Nosotros tenemos, sin embargo, nuestra propia versión, pues en la obra clásica hay muchas veces misteriosos pronunciamientos del oráculo délfico que, si son correctamente interpretados, predicen el desenlace, aunque el tirano los interpreta de una manera errónea pero que alimenta su megalomanía. En nuestra versión macondiana, es el tirano mismo el que emite frases dignas del oráculo, hablando de hecatombes y encrucijadas del alma al intentar velar su ambición de poder irrestringido.

Las palabras del sabio, sin embargo, son tan claras y proféticas como en la obra griega. El distinguido columnista Andrés Oppenheimer, asumiendo el papel de Tiresias, escribe:

“Un tercer periodo consecutivo sería malo para Uribe, malo para Colombia, y malo para América Latina.

Malo para Uribe porque en vez de dejar la presidencia como un héroe, terminará” tal como Menem o Fujimori, quienes también se cargaron las reglas del juego democrático para lanzarse a un tercer periodo.

“Malo para Colombia,” porque pasaría a ser una democracia solo en nombre, “donde un máximo líder todopoderoso generaría una reacción popular que tarde o temprano empujaría el péndulo político en el sentido contrario,” es decir, hacia la extrema izquierda.

Y malo para América Latina porque Uribe impulsaría aun más las tendencias autocráticas que, bajo el liderazgo de Hugo Chávez, van conquistando la región a costa de la democracia liberal.

“Por favor, Presidente Uribe,” escribe Oppenheimer, “abandone esta imprudente idea. Lo terminará destruyendo a usted, y a su país.”

¿Hará caso nuestro Edipo de las advertencias del sabio profeta, o se encontrará antes con el fatal némesis de los dioses? Lo probable es que su cegante hubris le haga creer que es infalible, y que al dirigir el buque del estado hacia aguas tormentosas termine hundiéndolo, y a todos los ciudadanos con él.

Daniel Raisbeck

jueves, 20 de agosto de 2009

La segunda reelección es mal negocio


El Presidente Uribe esta borrando con el codo lo que tan cuidadosamente escribió con la mano. En su afán por perpetuarse en el poder, Uribe esta obstaculizando la continuidad de sus logros e incumpliendo dos de las principales promesas de su campaña electoral en el 2001: la de fortalecer las instituciones y la de acabar con la politiquería. El cansancio mental del mandatario es cada vez más evidente, pues su insistencia por pasar el referendo reeleccionista contradice los argumentos con los que defiende su iniciativa.

Uribe sostiene que Colombia necesita prolongar en el tiempo su agenda de seguridad democrática y la confianza inversionista para justificar los malabarismos legislativos y la politiquería de su bancada. Es difícil no estar de acuerdo con esa meta, pero aunque no parezca intuitivo, la campaña de Uribe amenaza los avances obtenidos en el clima de inversión en Colombia por varias razones. La coyuntura global ha cambiado y debido a la recesión económica mundial y la contracción de los mercados financieros, la comunidad inversionista no tiene la misma disposición que antes para asumir riesgos en los mercados emergentes. Por lo tanto, es importante entender que la seguridad interna es sólo uno, entre muchos factores, que afectan el índice de riesgo de inversión que se le asigna a un país.

Dentro de estos factores es de suma trascendencia la instucionalidad, que es medida según la fuerza, independencia y estabilidad de los órganos democráticos. Ampliar nuevamente el poder ejecutivo dentro de un marco constitucional diseñado en base a un período presidencial de cuatro años debilitaría tremendamente las instituciones. Esencialmente, desparecería la separación de poderes y la efectividad de los pesos y contrapesos, pilares fundamentales de la democracia para evitar la excesiva concentración del poder y los abusos que esto conlleva. Cabe resaltar que la comunidad inversionista le asigna un gran valor en particular a la independencia judicial y a la existencia de un estado de derecho constante y predecible. La segunda reelección atenta contra ambas cosas.

Segundo, la comunidad inversionista le presta mucha atención a la estabilidad interna de los países, a la transparencia de sus gobiernos y la sinceridad de su democracia. Con un gobierno de turno que intenta por segunda vez prolongarse en el poder cambiando las reglas en mitad de partido, Colombia parece ser tan volátil como Venezuela, Ecuador u Honduras. Las pretensiones reeleccionistas en estos países han causado una violenta polarización interna que es evidente para la comunidad internacional. Al ver que Colombia se dirige en la misma dirección, disminuye la confianza en el proceso democrático y aumenta la polarización en el país, perjudicando seriamente el clima de inversión.

Aunque la primera reelección fue bien vista por la comunidad inversionista porque había cierto consenso sobre de la necesidad de darle continuidad a los buenos gobiernos, una segunda reelección daría a entender a la comunidad internacional que en Colombia no se respeta el estado derecho y que el país se dirige hacia la autocracia. De perpetuarse en el poder, Uribe le brindaría una nueva raison d’etre a la guerrilla colombiana e irónicamente obstaculizaría la continuidad y el éxito de su política de seguridad democrática. Además, al marginalizar a las minorías del proceso democrático, repitiendo los errores del Frente Nacional, Uribe repondría la legitimidad internacional que las FARC han perdido durante la última década al ser expuestos por su gobierno como los crueles narcoterroristas que son. Esto aumenta el riesgo de que se libren ataques terroristas, ahuyentando al capital extranjero de las grandes inversiones en infraestructura que necesitamos para ser mas competitivos.

Otros riesgos influyentes son el ámbito político en la región y la estabilidad de los mercados de exportación. El referendo reeleccionista muestra a Colombia como otra republica bananera más con tendencias caudillistas y le brinda legitimidad a esa rancia retórica socialista que hoy busca consolidar la expansión de movimientos autoritarios en América Latina. Además aumenta la tensión en la región y el prospecto de un conflicto bélico, desestabilizando los mercados regionales y aumentando el riesgo de inversión, no solo en empresas exportadoras colombianas sino en la región entera.

Debemos reconocer que la comunidad inversionista percibe como un riesgo real que en Colombia pudiera surgir en el mediano plazo un líder enemigo del capitalismo y de la inversión extranjera. El segundo referendo reeleccionista de Uribe esta sentando el precedente para que cualquier futuro líder socialista con una gran base popular se perpetúe en el poder y arbitrariamente irrespete el marco jurídico comercial y los contratos de inversión extranjera. Bajo estas condiciones, es improbable que se realicen la grandes obras de infraestructura y materia energética que el país necesita, ya que éstas contemplan recuperar los montos de inversión durante un período de varias décadas.

Por nuestro propio bienestar y por la seguridad nacional, no debemos permitir que Uribe someta nuestra democracia al clamor de las masas. No nos dejemos encandelillar por la luz que aparece al otro lado del túnel y exijamos que el Presidente cumpla su palabra y respete las instituciones, para así preservar la tradición democrática mas ejemplar de nuestro continente y consolidar los grandes logros de los últimos años. De lo contrario, estaríamos premiando la cultura del atajismo, la politiquería y la demagogia. Los fines no justifican los medios. De hecho, en este caso, por las razones mencionadas, los medios obstaculizan los fines.

© Camilo De Guzmán Uribe
18 de agosto de 2009

Publicado en Portafolio el 7 de septiembre del 2009.
http://www.portafolio.com.co/opinion/analisis/ARTICULO-WEB-NOTA_INTERIOR_PORTA-6023927.html

viernes, 22 de mayo de 2009

Alejandro, Cesar, Napoleón: grandes políticos, pero también tiranos


José Obdulio Gaviria cita a Alejandro Magno, Julio Cesar y Napoleón como grandes del arte no solo de la guerra, sino también de la política. Vale la pena, por lo tanto, analizar qué tipo de régimen establecieron estos conquistadores para determinar qué concepto de la grandeza política expone el columnista.

Al derrotar al imperio persa y proclamarse Rey de Reyes, Alejandro disuelve el sistema constitucional macedonio, en el cual el rey es el primero entre pares, líder de la aristocracia, elegido por sus iguales y confirmado en su cargo por el ejército. Pronto, Alejandro asume posiciones tiránicas que los griegos asocian con los grandes reyes de oriente: se proclama un dios; viste las túnicas de un monarca persa; ejecuta a sus oficiales por supuestas intrigas o insultos; lo más intolerable para los griegos, amantes de la libertad, obliga a todos sus súbditos a postrarse cuando están en su presencia, tal como se esperaba de los sometidos al Gran Rey de Persia. Mientras tanto, en Grecia, Antípater, el teniente de Alejandro, apoya varias tiranías y, finalmente, abole la democracia en Atenas. Alejandro fue sin duda un gran general y un gran hombre, pero para algunos también un autócrata que acabó con las instituciones y libertades del mundo greco-macedonio.

Tras desatar una atroz guerra civil y triunfar sobre Pompeyo Magno, Cesar no restaura la República, sino que aprovecha la lealtad de sus legiones para establecerse como señor y amo del Estado. La base de su poder es la dictadura, el cargo máximo de la República, originalmente asignado en tiempos de emergencia y solo por seis meses. Cesar, sin embargo, es elegido dictador por segunda y tercera vez, al principio por diez años y luego de por vida. Aunque gobierna Roma como soberano de la ciudad y sus instituciones, incluyendo el aparato religioso, oculta el hecho al usar una fachada de títulos republicanos, tal como el consulado. Consciente del odio tradicional de los romanos hacia los monarcas, Cesar no acepta una corona, y dice no ser un rey, sino un Cesar. No obstante, al ejercer el poder sin límites, pone fin a la era republicana. Por lo tanto, sus asesinos se proclaman libertadores y restauradores de la República, aunque lo único que logran es desatar una nueva serie de cruentas guerras civiles que conducen a la fundación del Principado bajo Augusto, heredero de Julio Cesar.

En 1799, Napoleón, a la cabeza de sus tropas, obliga a la legislatura del Directorio a designarlo Primer Cónsul por diez años. Este cargo, aprobado por 3 millones de ciudadanos por medio de un referendo manipulado, le otorga el poder de nombrar ministros, embajadores, servidores públicos e inclusive los miembros del Consejo de Estado. Bonaparte luego pasa una serie de reformas administrativas y financieras, pero no tolera oposición alguna. Los críticos del régimen son sancionados, sus líderes exiliados o ejecutados. Las tropas oficiales suprimen brutalmente toda resistencia. El ministro de policía, Fouché, controla la prensa y establece una red de espionaje para observar a los enemigos del gobierno. En 1802, Bonaparte es electo cónsul vitalicio por medio de otro plebiscito. Adquiere el derecho de elegir a su sucesor, concluir tratados, perdonar a los condenados y postular candidatos para el Senado. También tiene el poder de enmendar la constitución, disolver las cámaras y revocar decisiones judiciales. Su posición autocrática es confirmada en 1804, cuando asume el título de Emperador. Solo sus derrotas en el campo de batalla lo derrocan del trono.

Alejandro, Cesar, Bonaparte, tres grandes hombres que, con la punta de la espada, extienden el dominio de sus reinos hasta los bordes de la tierra, y al hacerlo establecen tiranías, derribando instituciones existentes que, por fallidas, garantizaban cierto nivel de libertad. ¿Es esta la versión de la grandeza política que deberíamos aceptar en una democracia liberal?

Daniel Raisbeck

lunes, 18 de mayo de 2009

Las lecciones del regaño de Uribe a la BBC

La semana pasada se hizo famosa una entrevista de la BBC de Londres en la que el Presidente Uribe regañó a un reportero argentino que se atrevió a preguntarle sobre sus aspiraciones para un tercer período. Como en todo escándalo, la forma superó al fondo y para muchos pasó desapercibido que el triunfador fue el entrevistador, pues a pesar de salir regañado, obtuvo una ponderada respuesta que hasta hoy es la más concreta postura que haya tomado el Presidente respecto al tema.

Cuando le preguntaron si quería ser Presidente por un tercer período, Uribe exigió que se le hiciera “otra pregunta” para evadir el tema. Luego, Uribe intentó restarle mérito a la consulta debido a la nacionalidad del reportero, contestando, “estudie la historia de su país y déjeme la democracia Colombiana tranquilita.” Finalmente, ante la insistencia del hábil periodista, el Presidente Uribe pausó, pensó y contestó lo siguiente:

“La campaña mía es una: Colombia necesita prolongar en el tiempo la seguridad democrática, después de que vivimos sesenta años de violencia; la confianza inversionista después que durante décadas vimos que crecía enormemente nuestra población y se estancaba la inversión; y, la cohesión social después que durante muchas campañas políticas asistimos a propuestas de mejoramiento social que no se traducían en hechos. La campaña nuestra es por la confianza en Colombia, la seguridad con democracia, la inversión con fraternidad y la cohesión social con libertades.” (palabras textuales, pulse para ver el video de la entrevista de la BBC de Londres)

Es difícil no estar de acuerdo con las metas que propone Uribe. Sin embargo, una segunda reelección dentro del marco constitucional existente tiene serias implicaciones para nuestra democracia y para la estabilidad nacional y regional en el corto, mediano y largo plazo. Por lo tanto, es importante analizar la validez de cada uno de estos argumentos haciendo la siguiente pregunta: ¿Es la reelección de Uribe la mejor fórmula para prolongar le seguridad democrática, la confianza inversionista y la cohesión social en el país?

1. Una segunda reelección reduce la confianza inversionista en Colombia.

Durante los dos gobiernos del Presidente Uribe, la política de seguridad democrática ha reinstaurado el dominio del Estado sobre el territorio nacional, recuperando la confianza en el país. Gracias a esto, el nivel de inversión nacional y extranjera en Colombia ha aumentado a medida que el país es visto como un lugar menos riesgoso para hacer negocios.

No obstante, debemos recordar que la seguridad es sólo uno, entre muchos factores, que afectan el índice de riesgo que la comunidad inversionista le asigna a un país. Dentro de estos factores es de suma importancia la instucionalidad, que es medida según la fuerza, independencia y estabilidad de las instituciones democráticas. El proyecto de referendo que ha emprendido la bancada Uribista para cambiar el término presidencial establecido en la Constitución, erosiona la confianza inversionista en Colombia por varias razones.

Primero, ampliar el poder ejecutivo de nuevo dentro de un marco constitucional que inicialmente contemplaba un período presidencial de cuatro años debilita tremendamente a las instituciones legislativas y judiciales. Esencialmente, dejaría de existir la separación de poderes, pilar fundamental de las democracias para evitar la excesiva concentración del poder y los abusos que esto conlleva. Cabe resaltar que la comunidad inversionista le asigna un gran valor en particular a la independencia judicial y a la existencia de un estado de derecho constante y predecible. La segunda reelección atenta contra ambas cosas y alejaría al capital inversionista que terminará en destinos menos riesgosos.

Segundo, con un gobierno de turno que intenta por segunda vez prolongarse en el poder cambiando la Constitución, Colombia parece ser tan volátil como sus vecinos. La primera reelección fue bien vista por la comunidad inversionista porque, como afirma la revista Semana, había un consenso político y popular sobre de la necesidad de darle cierta continuidad a los buenos gobiernos. Sin embargo, el movimiento por la segunda reelección da a entender a la comunidad internacional que en Colombia no se respeta el estado derecho y que el país se dirige hacia la autocracia, tal como lo afirma la última edición de The Economist. Esto erosiona la confianza inversionista ya que muestra a Colombia como otra republica bananera más con tendencias caudillistas.

Debemos reconocer que dadas las tendencias regionales, para la comunidad inversionista extranjera no es descabellado el prospecto de que en Colombia surja en el mediano plazo un líder enemigo del capitalismo y de la inversión extranjera. Si se aprueba la segunda reelección, un futuro líder con esas características podría aprovechar el precedente sentado por Uribe para perpetuarse en el poder y arbitrariamente irrespetar el marco jurídico comercial y romper los contrato de inversión extranjera. Bajo esas condiciones, es improbable que se realicen la grandes obras de infraestructura y materia energética que el país necesita, ya que éstas contemplan recuperar los montos de inversión durante un período de varias décadas.

2. La segunda reelección retrocede el desarrollo de nuestra democracia y amenaza la seguridad nacional en el corto, mediano y largo plazo.

Tras milenios durante los cuales se llegaba al poder con la fuerza y las armas, el hombre descubrió que era mejor suscribir un contrato social y tener un intercambio de ideas civilizado que le permitiera a los ciudadanos escoger a sus gobernantes por sus propuestas. Desde entonces, la democracia liberal ha demostrado ser la fórmula más eficaz para preservar la paz y la estabilidad en los países. Pero para que la democracia funcione, es fundamental que grupos de toda tendencia ideológica tengan la oportunidad de exponer, bajo condiciones objetivamente justas, sus ideas y propuestas para conquistar el poder. De lo contrario, los participantes no aceptarán la legitimidad de los resultados aumentando la posibilidad de que irrespeten el estado de derecho.

Si bien la formula de la reelección es importante para darle continuidad a los gobiernos exitosos, los fines no justifican emplear medios de ética y legitimidad cuestionable. Es decir, no es justo para los demás participantes del proceso democrático que un gobierno de turno cambie las reglas de juego en mitad de partido por segunda vez consecutiva, recurriendo a su enorme popularidad para esquivar las normas establecidas en la Constitución de 1991.

Al recurrir a la figura del referendo, la bancada Uribista esta sometiendo a la sociedad colombiana al clamor de las masas privando a la oposición y a las minorías de una participación significativa en el proceso político. La historia demuestra que excluir a las minorías y a la oposición conduce a facciones de las mismas a romper el contrato social para intentar avanzar sus ideales mediante el uso de la fuerza y no de la palabra. Esta lección la deberíamos tener muy presente todos los Colombianos, pues la violencia de “más de sesenta años” que Uribe esta tratando de remediar surgió justamente cuando el Frente Nacional excluyó a las minorías izquierdistas del proceso político. Es evidente que Uribe no puede pretender obtener una paz duradera empleando métodos similares a los que en un principio causaron la violencia que nos plaga.

De perpetuarse en el poder, Uribe revitalizaría a la guerrilla colombiana, obstaculizando la continuidad y el éxito de la política de seguridad democrática. Primero, la segunda reelección confirmaría ante la comunidad internacional que las minorías no pueden participar significativamente en la democracia colombiana, reponiendo la legitimidad internacional de las guerrillas izquierdistas. Además de validar el apoyo y la rancia retórica de sus simpatizantes, arriesgamos que las diferencias entre los caudillos regionales enciendan un conflicto bélico en el continente. Por ultimo, podemos echar a perder uno de los más importantes avances de la sociedad colombiana en los últimos años: el gran rechazo ciudadano a la violencia en general y a la guerrilla en especifico. Esto nos alejaría de una eventual reconciliación nacional que integre a los grupos armados al proceso democrático y del prospecto de una paz duradera.

3. El proyecto de la segunda reelección polariza a la sociedad, impide la gobernabilidad y obstaculiza un libre y pluralista dialogo democrático .

Colombia sufre de una gran polarización interna hace más de un siglo. No obstante, durante la última década, hemos tenido grandes avances en materia de sociedad civil. Millones de colombianos se han movilizado al rededor del mundo para expresar un contundente rechazo a la violencia y a los grupos armados. Asimismo, han surgido muchas ONGs que cumplen la importante tarea de monitorear al Estado, exigiendo un gobierno transparente, que observe el debido proceso y haga respetar los derechos humanos.

Si pasa el referendo, la oposición vera las próximas elecciones como injustas desde antes que comience la campaña. Los malabarismos legislativos de la bancada Uribista están propagando la cultura de “los fines justifican a los medios.” Bajo esas condiciones, muchos miembros de la oposición sentirán que no tienen más remedio que jugar sucio y el gobierno actual, al haber utilizado medios cuestionables, habrá perdido la autoridad moral para criticar tal comportamiento.

Por lo tanto, la elección se centrará en acusaciones personalistas y en desatar escándalos que polarizan a la sociedad, debilitan la institucionalidad del país, erosionan la confianza inversionista, estropean nuestras relaciones comerciales con otros países y afectan la asistencia internacional que recibimos para combatir al narcotráfico y al terrorismo. Esto ya esta sucediendo, como demuestran las recientes denuncias del involucramiento de DMG en la primera reelección y de las supuestas irregularidades en la compra de terrenos de los hijos de Presidente. Si Uribe aspira a un tercer mandato, la situación sólo se pondrá peor y se profundizarán las heridas que hoy dividen a nuestro pueblo.

Lo más grave es que todo este humero priva al pueblo colombiano del debate significativo y sustancial que debería llevarse a cabo entre quienes aspiran al poder. Para que la democracia colombiana funcione bien, es fundamental que los políticos presenten y sustenten propuestas concretas y planes metódicos para mejorar el desarrollo del país y el bienestar de los ciudadanos. La sociedad se beneficia cuando las políticas de los candidatos se someten al escrutinio cuidadoso de los medios, la comunidad académica, las ONGs y demás actores del proceso, pues esto permite que el pueblo conozca y entienda las ventajas y desventajas de cada fórmula electoral. Al aumentar la participación del ciudadano se enriquece la democracia, ya que el pueblo exigirá que se traduzcan en hechos las promesas de quien salga vencedor.

Conclusion

Es evidente que los enormes logros de Uribe han reinstaurado la confianza y la esperanza en el país. Sin embargo, luego de haber sufrido tantos años de violencia, los colombianos no debemos dejarnos encandelillar por luz que finalmente aparece al otro lado del túnel. Las elecciones del 2010 definirán no sólo el futuro del país sino el de la región entera. Por lo tanto, debemos aprovechar la calma que ha brindado la seguridad democrática para reflexionar, aprender las lecciones de nuestra aguerrida historia y entablar un dialogo pluralista de reconciliación que defina nuestro futuro y consolide la democracia liberal, el estado de derecho y las libertades fundamentales en nuestro país. Si queremos apoyar la campana de Uribe para “prolongar en el tiempo la seguridad democrática”, debemos oponernos a su segunda reelección, pues de lo contrario ponemos en riesgo la seguridad nacional y la democracia, alejándonos del prospecto de obtener la paz.

© Camilo De Guzmán Uribe y El Certamen, 18 de mayo de 2009.

jueves, 23 de abril de 2009

La reelección según José Obdulio Gaviria y Alexis de Tocqueville


Quisiera comentar acerca de una columna escrita por José Obdulio Gaviria y titulada El factor U, publicada en el diario El Tiempo hace dos semanas. En su columna, el señor Gaviria argumenta que «Colombia gira hoy alrededor del factor U (Uribe), que nutre toda la conducción de los asuntos públicos.» Esta declaración no se puede negar, tal como es indiscutible la afirmación que el éxito del actual gobierno surge del hecho «que enfrenta a los terroristas» de las Farc y que, por lo tanto, le ha devuelto la tranquilidad, por lo menos parcialmente, a millones de colombianos tras décadas de subyugación a la violencia. Lo que quisiera impugnar, sin embargo, es la sugerencia, presentada poco después, de que «el factor U» se desmoronará a menos de que se elimine «la antidemocrática prohibición a la reelección presidencial,» la cual, según el señor Gaviria, condujo a que el proyecto progresista de Carlos E. Restrepo se disolviera al terminar su mandato en 1914.

En primer lugar, llama la atención que el señor Gaviria equipara la prohibición de la reelección presidencial que regía en 1914, la cual era absoluta, a la situación actual, donde, de acuerdo a la constitución, enmendada en el año 2005, el presidente de la república puede ser reelegido una vez. Es decir, si la prohibición a la segunda reelección es antidemocrática y por lo tanto merece ser abolida, entonces ¿por qué no la prohibición a una tercera o a una cuarta reelección? No hay duda que, según este raciocinio, cualquier límite a la reelección del presidente iría en contra de la versión de la democracia que presenta el señor Gaviria.

Pero no es el antiguo asesor del Presidente el único que pregunta abiertamente que, si el régimen democrático es aquel en el cual gobierna la mayoría, ¿por qué ha de prohibirse que el pueblo elija al mismo líder las veces que considere necesario? Como comentó un lector de El Tiempo, si los congresistas pueden ser reelegidos sin límite, ¿por qué no el presidente? «O todos en la cama, o todos en el suelo,» agregó.

Al buscar una respuesta a estas complejas preguntas, los colombianos tenemos la suerte de poder consultar a una de las grandes mentes de la filosofía política. Alexis de Tocqueville, en su gran obra acerca de la democracia establecida en los Estados Unidos, consideró con cautela el tema de la reelección del poder ejecutivo en una democracia liberal, exponiendo sus ventajas y sus peligros.

En primer lugar, Tocqueville reconoce el valor de la reelección presidencial: «parece a primera vista contrario a la razón,» escribe, «prohibir que la cabeza del poder ejecutivo sea elegido una segunda vez.» Tocqueville admite que los talentos y el carácter de un solo individuo pueden ejercer una influencia enorme sobre el destino de una nación entera, «especialmente en situaciones críticas o durante tiempos peligrosos,» algo que podemos entender los colombianos al haber presenciado el radical giro hacia la gobernalidad y el orden al cual nos ha conducido el liderazgo del Presidente Uribe.

Tocqueville luego presenta un argumento muy similar a aquél que exponen varios partidarios de una segunda reelección en Colombia: «una ley prohibiendo la reelección del primer magistrado privaría a los ciudadanos de la más tangible garantía de la seguridad y la prosperidad del estado; y por una inconsistencia singular, un hombre sería excluido del gobierno precisamente en aquel momento en el cual ha demostrado su habilidad en conducir sus asuntos.» Esta es la misma preocupación que expresa el señor Gaviria al preguntar qué será del Factor U, del uribismo en sí, sin Uribe en la presidencia.

Sin embargo, Tocqueville afirma que, por sólidos que sean estos argumentos y por inquietante que resulte la falta de continuidad que puede implicar la ausencia de la reelección presidencial , «se pueden avanzar razones más poderosas aún» en contra de ella. Primero que todo, Tocqueville postula el hecho de que la simple existencia del poder ejecutivo en una democracia «ofrece un incentivo tan espléndido a la ambición privada, y es tan apta en enardecer a los hombres en la búsqueda del poder, que cuando faltan razones legítimas, la fuerza se apodera no infrecuentemente de lo que el derecho niega.» En mi humilde opinion, eso es precisamente lo que estamos presenciando hoy en día en Colombia, la irrupción de la fuerza mayoritaria, por medio de un referendo o por los votos de la mayoría uribista en el Senado, para impulsar una segunda reelección prohibida bajo las leyes actuales.

Mientras la mera naturaleza de la presidencia en una democracia es problemática para Tocqueville, advierte que el incremento del imperio y de los privilegios del poder ejecutivo intensifica de por sí la tentación de ocupar el cargo. «Entre más crezcan las ambiciones del candidato,» explica, «con más vigor impulsa sus intereses una muchedumbre de partidarios (léase individuos tal como el señor José Obdulio Gaviria) que esperan compartir el poder con la persona que ha ganado el premio.» Desde el punto de vista de Tocqueville, esto es una señal que «los peligros del sistema electoral crecen de una manera proporcional a la influencia que ejerce el poder ejecutivo en los asuntos de estado.»

El principal problema de la reelección, sin embargo, radica del hecho que «los defectos naturales de los gobiernos elegidos son la intriga y la corrupción,» algo que ciertamente confirman los escándalos en los cuales se encuentran involucrados algunos de los más cercanos colaboradores del presidente, incluyendo ministros antiguos y actuales, e inclusive miembros de su familia. Para Tocqueville, la reelección del poder ejecutivo incrementa los aspectos perversos del sistema electoral, pues cuando el primer magistrado busca mantener su posición por medio de la intriga y la corrupción, tiene a su alcance todo el poder del estado y su inmensa influencia, instrumentos que puede utilizar sin escrúpulos para alcanzar la meta de permanecer en el poder.

Hasta ahora, este fenómeno no se ha visto tanto en Colombia como en Venezuela, donde el control absoluto que ejerce el Presidente Chávez sobre la maquinaria del estado asegura que cada elección en la cual se postula sea una competencia justa solo en teoría, pues la realidad muestra al coloso estatal chavista movilizado, arrollando cualquier fuerza independiente y opositora sin mayor dificultad. La pregunta que surge es si el mismo lúgubre fenómeno se verá en Colombia en un cercano futuro. Es significante que el señor Gaviria cita a Venezuela, al igual que la Italia de Berlusconi, como ejemplos para el uribismo dada la creación en aquellos países de un partido único oficialista. El panorama, por lo tanto, es más bien oscuro.

Otro aspecto de la reelección del poder ejecutivo que preocupa a Tocqueville es el hecho que, mientras el presidente se preocupa fundamentalmente por mantenerse en su cargo, «todos los asuntos de gobierno pasan a un segundo plano,» pues «todas las leyes y negociaciones son para él intrigas electorales.» También esto se vive hoy en Colombia, donde el debate nacional gira alrededor del tema de la reelección del presidente, mientras se ignoran y relegan otros temas de mayor importancia como la educación o la disponbilidad de agua potable para todos los ciudadanos.

A la vez, Toccqueville observa que, en un sistema donde se establece la reelección indefinida del ejecutivo, las altas carteras del gobierno se vuelven premios no para aquellos que hayan servido a la nación, sino para los que le hayan demostrado la máxima lealtad al jefe de estado. En ese caso, el gobierno deja de servir a la comunidad y adquiere un aspecto personalista en el cual los sirvientes públicos avanzan o retroceden en sus carreras dependiendo de cuanto hayan podido complacer al presidente. De esta manera podemos entender la deplorable adulación al jefe de estado por parte de aquellos súbditos que dicen luchar desinteresadamente para que el Presidente tenga la opción de decidir si sigue o no en el poder, mientras lo más probable es que, al mostrarse vociferantes partidarios de la reelección en este momento, esperan ser propiamente compensados cuando el jefe de estado forme su próximo gobierno.

El último argumento que Tocqueville presenta en contra de la reelección del poder ejecutivo es que, cuando el presidente busca permanecer en su cargo por medio del aparato electoral, deja de ser un verdadero estadista, lo cual implica actuar no infrecuentemente de una manera independiente a los deseos de la mayoría. Buscando su reelección sin cesar, el presidente adopta los gustos y las animosidades de la mayoría, «se apura por prever sus deseos, anticipa sus quejas, cede frente a sus apetitos más indolentes, y, en vez de guiarla, sigue sus dictámenes.» El resultado final es que «para no privar al estado de los talentos del individuo, esos talentos se vuelven inútiles, y para reservar una precaución contra peligros extraordinarios, el país es expuesto a diarias amenazas.»

En nuestro país, donde ya existe la reelección en primera instancia, las amenazas se asoman en el horizonte, pues corremos el riesgo de que las futuras generaciones sean gobernadas bajo un sistema sin contrapeso a las ambiciones de los ya poderosos, con pocas posibilidades para los individuos y partidos independientes y donde el éxito político lo determina la lealtad a un solo hombre, más no el servicio honrado a la patria. Una enorme responsabilidad pesa sobre nuestros hombros, pero afortunadamente no es demasiado tarde para preservar la libertad.

Deberíamos hacer caso a las sugerencias de Tocqueville, el filósofo que en la opinión de muchos ha escrito con la mayor perspicacia acerca de la democracia moderna, y quien considera la reelección del poder ejecutivo más peligrosa que su impedimento. La alternativa es seguir el temerario camino que indica José Obdulio Gaviria, íntimo colaborador del Presidente que pretende perpetuar en las olímpicas alturas del poder de una república subdesarrollada, más no por eso condenada al atraso sempiterno.

Daniel Raisbeck

http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/otroscolumnistas/de-tocqueville-y-la-reeleccion_5160027-1

jueves, 9 de abril de 2009

Los nuevos tiempos

Al levantarme el sábado pasado miré por mi ventana, que da a la plaza entre la Iglesia de María y el Ayuntamiento Rojo de Berlin, y descubrí una gran masa aglomerada e inquieta. Aunque al principio no pude distinguir la razón por la cual este tumulto estorbaba la tranquilidad matutina, pronto caí en cuenta que se trataba de una protesta anti-capitalista. Varios parlantes amplificaban la tronante voz de un hombre que proclamaba una arenga contra el libre mercado, mientras cientos de manifestantes, la mayoría jóvenes desaliñados, marchaban determinados, llevando pancartas que informaban que ellos no pagarán los platos rotos de «vuestra crisis» (“Wir zahlen nicht für eure Krise!”) Daba pena ver la indefensa estatua de Neptuno; los tritones y nereidas eran incapaces de proteger al dios del mar de la masa de manifestantes enfurecidos que, como si fuese una escena de la Teogonía de Hesíodo, escalaban hasta la cima del monumento y hasta colgaban sobre su tridente letreros con cruces señalando el entierro del capitalismo.

Esta demostración , organizada por el partido de la extrema izquierda, el cual surgió en parte del partido único de la Alemania oriental comunista, expresaba la rabia de ciertos sectores de la población con el gobierno por utilizar fondos del fisco público para salvar a los grandes entes financieros privados que se han desmonorado en la crisis actual. En Alemania y en Europa, la izquierda recalcitrante parece sentirse redimida por el fracaso del sistema global financiero. En las universidades, por ejemplo, abundan pancartas proclamando que Marx, después de todo, tenía razón. y otras incitando a los estudiantes a que conviertan el capitalismo en parte de la historia.

Pero este fenómeno no se da únicamente en el país con la economía más grande de Europa. También en Inglaterra el furor conra los banqueros se deja sentir; en Londres, ciertas bancas de inversión le recomiendan a sus empleados no llevar prendas muy suntuosas ni mostrar logotipos de la compañía en público, pues pueden ser reconocidos como banqueros y agredidos por el público, tal como los altos ejecutivos en Francia que fueron víctimas de ataques con huevos lanzados como proyectiles por los trabajadores de la compañía. En la prensa británica, e inclusive en el diario conservador The Times, se leen frecuentemente columnas que no ocultan alegría por el declive de los siniestros banqueros, algo que crea un clima de Schadenfreude a nivel mundial.

Como han cambiado los tiempos. Recuerdo la veneración con la cual se alababa a los «maestros del universo» hace solo unos años, sobre todo en EEU. El héroe de un amigo mío de la universidad, y sospecho que de muchos otros jóvenes ambiciosos, era Gordon Gekko, el personaje que interpreta Michael Douglas en la película Wall Street. Gekko es la personificación hollywoodense del financiero neoyorquino, un jefe de banca de inversión que surge en el mundo de la banca a una temprana edad, obteniendo un poder monumental y justificando su acumulación de cientos de millones de dolares con la célebre frase que «la codicia es buena,» tanto para la sociedad como para el país. Gekko, en efecto, representaba un ideal; los mejores estudiantes de las más prestigiosas universidades hacían hasta lo imposible por ser contratados por las grandes firmas de inversión como Merryl Lynch, Goldman Sachs y Lehman Brothers, (pero también por los menos conocidos pero no menos lucrativos «hedge funds,») donde se trabajaba 18 horas al día pero se podían acumular varios millones antes de los treinta años. Es difícil exagerar el prestigio que brindaban estos nombres.

Hoy, claro está, la diferencia en EEU es también monumental. En un artículo reciente, el New York Times informa que, dada la ira pública contra los banqueros, muchos de ellos sienten verguenza al tener que responder preguntas acerca de su carrera en eventos sociales. «Preferiría decir que soy pornógrafo,» responde un banquero estadounidense anónimo, «pues por lo menos ese es un negocio que la gente entiende.» No ha disminuido la furia del pueblo contra los altos ejecutivos financieros luego del escándalo en el cual se supo que cientos de millones de los fondos del plan de rescate de la nueva administración fueron usados para repartir bonificaciones anuales entre la directiva de AIG.

Cuesta creer que, tras los eventos del último semestre, EEU se ha convertido en tal vez la mayor economía dirigida por el estado del mundo. Recuerdo que, al final del verano pasado, oí a un funcionario del Departamento de la Tesorería declarar con orgullo que «ahora somos más grandes que el Pentágono.» Tengo otro amigo que trabaja en este gigantesco ente burocrático: un activista de izquierda pelilargo que se involucró en la campaña de Obama cuatro años después de haber apoyado al radical Howard Dean. Hoy en día tiene él más poder que el banquero de inversión que como universitario se preparaba para su carrera en Wall Street recitando de memoria los discursos de Gordon Gekko frente al espejo.

Pero la prueba más contundente de que estamos en una nueva era la presencié al salir de mi casa aquel sábado de la protesta berlinense. Al cruzar la calle me encontré a un italiano que conocí en el 2006 mientras trabajaba para un centro de investigación conservador en Washington muy cercano a la administración de Bush y, antes de eso, a la de Ronald Reagan, donde los conceptos de «deregulación» y de libre mercado eran considerados de esencia sagrada. Recuerdo muy bien que, en esa época, este colega solía vestir trajes hechos por su sastre en Milán, y que me contaba acerca del Porsche que pensaba comprar al regresar a Europa. Vaya sorpresa cuando lo ví con una camiseta que mostraba la cara de Obama, montado en una bicicleta vieja y dirigiéndose, como me informó, hacia la ONG defensora de derechos humanos donde ahora trabaja. «Ya sabes,» me dijo al notar mi confusión instantánea, «son los nuevos tiempos, y te recomiendo que también cambies tu estilo.» Antes de partir pedaleando, miró detrás suyo y apuntó hacia la masa que, no reducida, continuaba vociferando un elsogan anti-capitalista tras otro.

Daniel Raisbeck

miércoles, 1 de abril de 2009

Alvaro Uribe: ¿nuestro Cesar Augusto?

Si se puede comparar al Presidente Uribe con Franklin Delano Roosevelt, una de las grandes figuras del siglo XX, como lo hace este excelente artículo, tal vez valdría la pena mirar también hacia el mundo antiguo. Hasta el punto que se pueden encontrar similitudes entre Roma antigua y Colombia, surgen ciertos paralelos entre el Presidente con César Augusto, el fundador del Principado.

Primero, a nivel personal, Uribe, descendiente de Rafael Uribe Uribe, lleva la política en la sangre, tal como Augusto, el sobrino y heredero de Julio Cesar. En cuanto a sus personalidades, Augusto era y Uribe es, un hombre práctico ad extremum, con poca paciencia con las teorías. En ambos se nota esa rarísima habilidad que es tratar tanto a la clase dirigente como al pueblo con la misma destreza. Suetonio, el biógrafo del Emperador, nota que Augusto, aunque perteneciente a la nobleza, sabía entretener a las masas y que era un hombre de gustos sencillos, al igual que Uribe, aunque educado en Oxford y en Harvard, se le ve de ruana y sombrero entre campesinos. Como escribe Rudyard Kipling en su famoso poema, ambos hombres mantienen la virtud al acercarse al pueblo y tratan con reyes sin perder el «toque común.»

Augusto, aunque no fue un gran general, supo llegar al poder y mantenerse allí gracias a los talentos marciales de sus más cercanos seguidores, primero de Marco Agripa, luego de sus hijastros, Druso y Tiberio. Igual Uribe, no siendo militar de profesión, le debe gran parte de su popularidad a los éxitos castrenses de sus generales y de su hábil Ministro de Defensa.

La situación que los llevó a la cima del Estado también tiene sus parecidos. Aunque joven y subestimado por muchos, Augusto puso fin, por medio de la espada y su victoria final frente a Marco Antonio en la batalla de Actio en el año 31 a.C, a varias décadas de guerra civil que devastaron un estado con cientos de años de tradición republicana. Augusto restauró el orden e introdujo una nueva era de prosperidad y seguridad a través del Imperio, y aunque cuando llegó al poder Roma era una ciudad de madera, la dejó con la apariencia de una gran capital de mármol. En el mundo de las artes, el régimen establecido por Augusto condujo a la Edad de Oro de las letras romanas, marcado por la poesía de Virgilio, Horacio y Ovidio. El mundo bucólico que describen las Éclogas pastorales refleja la tranquilidad que disfrutaron los romanos bajo Augusto tras varias generaciones de guerra y de discordia.

De una manera similar, Uribe encontró una república amenazada, destrozada por la guerra, sus carreteras y caminos asediadas por bandidos, muchos ciudadanos de bien habiendo perdido hasta el recuerdo de la paz y haciendo lo posible por dejar la patria. Sin embargo, Uribe, como describe Maquiavelo a los grandes hombres que llegaron al poder no por suerte sino por su habilidad propia, vio el sufrimiento de su pueblo como una oportunidad, surgió del anonimato relativo, se ganó la confianza de la nación con su discurso conciso, se convirtió en primer mandatario y, por medio de la acción armada, empujó a los enemigos del estado a las oscuras periferias del territorio nacional. Le brindó una tranquilidad al país que solo los más avanzados en edad habían conocido, introdujo un clima de seguridad propicio para los negocios y logró que Colombia, por primera vez en muchos años, fuese conocida no como un narcoestado semi-fallido, sino como una tierra de oportunidades, de deleites y de artistas (aunque tal vez no del calibre de los poetas romanos.)

Pero ninguno de los dos hombres se sintió satisfecho con haber salvado la patria y haberle devuelto la tranquilidad a su pueblo. La llegada de Augusto al poder, en efecto, marca el fin de la República romana y la fundación de una monarquía, aunque el desmantelamiento de la libertad se haya llevado a cabo usando todos los términos y símbolos de la era republicana. Augusto nunca se dejó llamar rey, sino más bien princeps, el primero entre todos los ciudadanos. El término imperator, de donde viene la palabra castellana «emperador,» no significaba más que «general» y era un cargo que existía desde antes de la fundación de la República. Augusto, sin embargo, ocupó este cargo 21 veces. Además, no llegó a crear un cargo más alto que el de cónsul, el magistrado con máxima autoridad durante la era republicana, pero sí asumió esta posición en 13 ocasiones distintas, cuando en teoría solo podía ser un hombre cónsul una vez. También fue tribuno, el magistrado de los plebeyos, 32 veces. El monopolio del poder bajo Octaviano era, por lo tanto, incuestionable.

El Senado, que en el año 27 a.C le concedió su título, Augusto o digno de veneración (su nombre era Octaviano), perdió su importancia tradicional y se convirtió en un símbolo. Dejó de ser el foro donde los líderes y estadistas patricios debatían los grandes temas políticos y competían por ocupar los cargos más importantes de la República, volviéndose un organismo por medio del cual el Emperador administraba sus provincias, y no necesariamente las más importantes. También la religión cayó bajo la empuñadura de Augusto en el año 13 a.C. cuando éste usurpó el cargo de Cura Máximo (Pontifex Maximus), el puesto religioso más alto del Estado, algo significante pues, en Roma antigua, la religión era en gran parte un instrumento simbólico por medio del cual la clase dirigente, a base de rituales y liturgias, confirmaba su estatus superior y aseguraba la lealtad del pueblo hacia la República.

No menos importante fue el control absoluto de las tropas imperiales y la creación de una guardia personal (pretoriana). Augusto, aunque sin duda popular entre sus súbditos, era ambivalente en cuanto a sus intenciones, declarando más de una vez su deseo de abandonar su cargo y restaurar la República. La persecución de los opositores e intelectuales no tardó mucho; Augusto ejecutó a varios hombres por estar bajo la sospecha de planear un complót contra su régimen y Ovidio, por su parte, fue expulsado a un rincón al borde del Mar Negro por haber ofendido al Emperador con su poesía. La libertad de expresión dejó de existir: al final del primer siglo A.D, el historiador Tácito se quejaría por el declive de la oratoria romana bajo el sistema autocrático imperial.

Pero la monarquía de Augusto nunca perdió su fachada republicana: el senado, aunque perdió su propósito, se mantenía en lugar, y a través del imperio muchas de las monedas y las enseñas de las legiones llevaban el símbolo de la República, las letras SPQR, que señalaban la unión entre el senado y el pueblo romano, aunque haya sido un solo hombre el que regía.

Por su parte, Uribe, afirmando que actúa a favor de la democracia colombiana, ha introducido cambios a la Constitución que en efecto alteran el más básico carácter del Estado y lo guían en una dirección autoritaria. Durante su primer mandato, el Presidente argumentó que era necesario enmendar la Constitución para fortalecer el Estado, e igualó su permanencia en el poder al imperio del orden. Considerándolo necesario, la mayoría aceptó pasivamente el cambio constitucional que permitió la reelección del Presidente, aunque ésta se haya llevado a cabo de manera cuestionable. Pese a que algunos vieron con escepticismo los abusos del poder y las turbias conexiones de algunos de sus más cercanos seguidores, la situación se toleró gracias a la seguridad que le brindó Uribe a la república, tal como la mayoría de los romanos aceptaron la autoridad suprema del emperador mientras éste asegurara la estabilidad y la prosperidad del mundo mediterráneo.

Como en la Roma de Augusto, las instituciones colombianas han ido perdiendo su independencia y han venido cayendo en manos de los cercanos seguidores del Jefe de Estado. El Congreso, de mayoría uribista, cada día demuestra menos iniciativa y parece ser un instrumento por medio del cual el Presidente impone su voluntad; lo que escribe Natalia Springer acerca del Partido de la U aplica a todos los sectores oficialistas: refleja «(el) pensamiento (de Uribe) y no tiene desarrollo doctrinal, porque gira en torno a una personalidad: la suya.» También la Procuraduría, que hasta hace poco había servido su profesada función de “ente autónomo de control y vigilancia de la función pública de los empleados del Estado,” ha caído en manos de un jurista que hasta ahora ha demostrado ser fiel a las doctrinas del primer mandatario. La Corte Suprema, mientras tanto, parece mantener su autonomía, pero Uribe aparentemente piensa que su popularidad con el pueblo nulifica la autoridad de este organismo.

Como Augusto, que era consciente que su ambición por permanecer indefinidamente en el poder necesitaba legitimidad frente al senado, al pueblo y al ejército, Uribe sabe que su proyecto político no puede abandonar la apariencia de ser un movimiento democrático. Por lo tanto, piensa poner en manos del pueblo, por medio de un referendo, el nuevo cambio a la Constitución, el cual fue declarado ilegal por la Corte Suprema. Esto equivale a resolver por medio de una elección masiva un asunto de inmensa complejidad jurídica y de ramificaciones astronómicas para la continuidad de una democracia verdadera en Colombia. El solo hecho de llevar a cabo el referendo marcaría, sin embargo, un evento revolucionario: un abandono del estado liberal que, aunque débil, está establecido, y la manipulación del aparato electoral para fundar un régimen autocrático con base populista. Si pensamos en el gobierno de Augusto, nos damos cuenta por qué tituló el gran historiador Ronald Syme su majestuosa obra acerca de la fundación del principado La revolución romana. ¿Estamos nosotros presenciando la revolución colombiana? Resulta curioso que el líder absoluto de este movimiento llegó al poder y se mantiene en la cima del Estado al luchar con éxito contra otros revolucionarios.

Falta decir que, tal como Augusto utilizaba la religión para confirmar su legitimidad, Uribe a su vez se esfuerza por crear vínculos entre su gobierno y el reino de Dios, por ejemplo rezando un Padre Nuestro frente de la bandera nacional al celebrar el éxito de la Operación Jaque. Como escribe Vladdo: «sin prisa pero sin pausa, Uribe ha borrado los límites entre la Iglesia y el Estado; entre gobierno y clero; entre religión y política; entre la fe y el proselitismo,» y todo pese a que, según la Corte Constitucional, “el Estado no puede establecer preferencia alguna en asuntos religiosos.”

De una manera similar a Augusto, Uribe es ambivalente en cuanto a sus ambiciones, pues rehúsa afirmar claramente si se lanzará por tercera vez como candidato o si dejará el poder, pero esto no impide que sus súbditos tomen las medidas necesarias para extender su mandato. Otro paralelo es la persecución de los opositores; como los informantes que seguían y acusaban a los percibidos enemigos del régimen bajo Augusto y sus sucesores, también las agencias de inteligencia colombianas han grabado ilegalmente las conversaciones privadas de congresistas de oposición, magistrados y periodistas. El peligro para la libertad que implican estas actividades de espionaje no se puede exagerar.

Dado el carácter que viene adquiriendo el régimen actual, algunos nos preguntamos si la defensa de la Seguridad Democrática se está convirtiendo en una máscara que camufla las intenciones monárquicas del salvador de la república. Lo que es cierto es que, en caso de una tercera elección de Uribe, no se podrá decir que dejó de existir la democracia y se continuará usando el término «república,» pero no habrá duda que las instituciones, y especialmente la Presidencia, habrán dejado de ser las mismas, y que las bases del Estado habrán sido arrolladas y suplantadas por un sistema diseñado para perpetuar el poder de un solo hombre.

En este momento, el destino ha puesto frente a Uribe una decisión de suma importancia: puede ser recordado como el hombre que restauró el orden para luego establecer el autoritarismo, o puede abandonar la Presidencia y preservar la República. En ese caso, se convertiría no en un Augusto sino en un Cincinato, el general romano que dos veces renunció la dictadura que le había otorgado el pueblo porque, habiendo defendido al estado de sus enemigos con éxito, sentía que había cumplido su deber constitucional.

Daniel Raisbeck

martes, 24 de marzo de 2009

La legalización: un debate necesario

Diez días antes de la cándida y valiente declaración del Vicepresidente Francisco Santos acerca del fracaso del Plan Colombia en cuanto a su objetivo principal, reducir significantemente la producción de narcóticos en el país, la revista The Economist publicó un editorial titulado «Cómo parar la guerra contra las drogas.» Tras un breve relato de un siglo de políticas prohibicionistas desventuradas, inauguradas en 1909 cuando la comunidad internacional decidió prohibir el consumo del opio, The Economist concluye que, aunque para muchos resulte tranquilizante la idea de que el problema de la adicción se puede solucionar al perseguir y reprimir a los productores y distribuidores de narcóticos, en efecto esta política ha sido desastrosa, «creando estados fracasados en el mundo subdesarrollado mientras la adicción se ha incrementado en los países ricos.»

La revista menciona la falta de éxito en cuanto a reducir la cantidad de cocaína, opio y marihuana producida en el mundo, dado que los productores se adaptan a la persecución en una región transfiriendo sus cultivos a otra. También se refiere a los millones de dólares que gasta anualmente Estados Unidos rastreando, enjuiciando y encarcelando a sus propios ciudadanos, generalmente pertenecientes a minorías étnicas, por crímenes relacionados con el narcotráfico. Igualmente cita las astronómicas ganancias que siguen al alcance de los narcotraficantes tercermundistas al exportar sus productos al mundo industrializado, pues el precio de las drogas en Estados Unidos y en Europa no lo determina el costo de producción en países como Colombia, sino el enorme riesgo involucrado en introducir estas sustancias al primer mundo. Finalmente, el artículo señala la creciente violencia que azota a países como México y Guinea Bissau, donde gobiernos arrinconados se enfrentan a narcos brutales y opulentos mientras la sangre de la población civil corre por las calles. Por lo tanto, The Economist sugiere que la legalización de los narcóticos a nivel mundial, acompañada por la inversión estatal en programas de educación y rehabilitación, es la solución «menos mala» a este enorme problema.

Hasta ahora, la posición oficial del gobierno de Colombia ha sido ignorar la verdad revelada tanto por el Vicepresidente como por otras fuentes e insistir en continuar con el modelo prohibicionista, y esto a pesar de que toda la evidencia apunta a que perpetuar esta política significa prorrogar el sufrimiento del pueblo colombiano. Puede ser que en el país padezcamos de una miopía histórica profunda, pero el hecho es que el tema político de los últimos treinta años ha sido la lucha incesante del estado contra una Hidra a la cual le crecen dos cabezas por cada una que se le arremete.

En los noventas, mientras el estado se veía asediado por Pablo Escobar y sus sicarios, pensamos que la captura y luego la muerte del capo mitigaría nuestra agonía, pero luego vino el auge del Cartel de Cali, cuyos tentáculos alcanzaron a infiltrar los más altos círculos gubernamentales. Tras la caída de los hermanos Rodríguez Orejuela tuvimos otro momento de reposo, pero no tardaron mucho en tomar las riendas del negocio del narcotráfico las Farc, abandonando todo ideal anti-capitalista que hayan profesado, y sus némesis, los paramilitares. Durante los últimos años, hemos visto con horror y vergüenza como los paras, financiados por la coca, lograron meterse en el bolsillo a decenas de congresistas a nivel nacional, y todavía no se ha esclarecido la pregunta de cuáles conexiones tenían estos señores de guerra con las altas esferas de nuestro gobierno actual. Mientras tanto, celebramos- y con buena razón- cada golpe que nuestros audaces soldados le dan al funesto liderazgo de las Farc e inclusive empezamos a discutir el «post-conflicto,» pero aunque pensamos en la posibilidad de que la guerrilla sea derrotada, no nos preguntamos en manos de quién caerá el control del narcotráfico, sus millones y toda la habilidad de corromper y asesinar que éste brinda.

En esta época pre-electoral es bienvenido que los candidatos a la presidencia hablen de estrategias a largo plazo, tal como lo hace Juan Andrés Arias con respecto al agro. Sin embargo, los colombianos merecen que se discuta seriamente la posibilidad de legalizar las drogas, empezando por un análisis serio en cuanto a las repercusiones y consecuencias de la legalización a nivel nacional.

En cuanto a la política exterior, una parte fundamental de la diplomacia del país en el futuro debe no solo informar al mundo acerca de las nefastas consecuencias de la prohibición de los narcóticos, sino también impulsar el lobby pro-legalización en los países desarrollados. Colombia debe actuar como líder y formar un grupo de naciones tales como México y Afganistán que, ya sea por su ubicación geográfica o su suelo propicio a ciertos cultivos, también sufren trágicas consecuencias por causa de la prohibición mundial contra los narcóticos. En conjunto, se podría establecer una estrategia común basada en la idea que la única solución al problema del narcotráfico es terminar la penalización e incrementar la educación y el tratamiento de adictos a través del mundo.

No es sensato prorrogar una política fracasada, y la fácil disponibilidad de la cocaína en ciudades como Nueva York y Berlin no deja duda de que, pese al éxito de la Seguridad Democrática en el país, la lucha contra las drogas tal como la formula el Plan Colombia se está perdiendo. Pese a esta realidad, Estados Unidos insiste en la prohibición mientras condiciona la continuidad de su ayuda militar a que se logren avances en el área de los derechos humanos, no obstante sus propias violaciones recientes a los estatutos establecidos en la Convención de Ginebra en lugares como Abu Grahib y Guantánamo. En cuanto a nosotros, más allá de la lucha contra una guerrilla asesina y deplorable, ha llegado la hora de que nos preguntemos si la política que expone a nuestros uniformados a la línea del fuego es la más razonable, o si sería mejor cortar la raíz de la planta que ha alimentado a todo enemigo del estado colombiano durante las últimas décadas.

Daniel Raisbeck